Es frecuente encontrar, todavía hoy, en numerosos
puntos de Cantabria torres fortificadas o "torronas" deterioradas
o transformadas con el transcurrir del tiempo. Son construcciones
pertenecientes a la arquitectura civil, entendidas parcialmente como
reductos militares y que cuentan con elementos de fortificación -almenas,
barbacanas, cercas- más o menos desarrollados. Estas torres medievales,
-construidas entre los siglos XIII al XV por los caballeros hidalgos
e infanzones montañeses-, tienen no sólo un interés arquitectónico
sino también gran valor histórico, hasta el punto de hacerse notar
su tipología en la arquitectura montañesa posterior.
Solían estar aisladas y situadas en lugares estratégicos para
poder defenderse mejor.
Son de planta cuadrada, tienen muros de mampostería, con esquinales
de sillería, entrada única, huecos altos irregularmente repartidos
(saeteras, vanos geminados) y estructura interior de madera.
Tienen de tres a cuatro plantas. La planta baja se destinaba a servicios,
la principal a vivienda noble y la última, descubierta, estaba almenada.
La mayoría de las que aún se conservan, pertenecen a los siglos XIV
y XV y dependiendo de su localización, se distinguen dos tipos básicos:
las torres rurales y las urbanas.
Entre las primeras, algunas presumiblemente con muralla y foso,
cabe citar las de Proaño, Ruerrero y San Martín de Hoyos situadas
al sur, en los valles de Campoo, Valderredible y Valdeolea; en la
zona costera la de Estrada, en Val de San Vicente; las de Obeso y
Linares en Rionansa y Peñarrubia.
Otras, las más numerosas, son aquellas que han soportado graves transformaciones,
ya sea por restauración en época moderna como la de Pero Niño en San
Felices de Buelna, o a causa de tener construcciones adosadas, de
las que pueden citarse como ejemplo la de Roiz en Valdáliga, la de
Mogrovejo en el valle
de Liébana, la de Hojamarta en Quijas,
la de los Calderón de la Barca en Viveda y la de Santiyán en Puente
Arce.
A su vez, las torres enclavadas en núcleos urbanos más antiguas son
las del Merino -llamada "La Torrona" (con vanos adintelados de los
siglos XV y XVIII)- y de los Borja en Santillana del Mar y la del
Infantado en Potes. Las tres recientemente restauradas y con un destino
público, ya sea administrativo o cultural.
A partir del siglo XVI y los dos siglos siguientes, las torres pierden
definitivamente su función militar, pero siguen conservando su carácter
señorial, convirtiendose en enseña y símbolo de un linaje o mayorazgo,
cargándose su exterior de ostentosas labras heráldicas. Es entonces
cuando, o bien comienzan a trasformarse las ya existentes con añadidos
en torno o abriendo unos más amplios vanos, o bien se inician las
construcciones de nueva planta de las denominadas "casa-torre".
Un precedente medieval de estas existe en La Costana, en Campo de
Yuso, cerca de Reinosa. Fué de la familia de los Bustamante y tiene
construcción de planta rectangular unida originariamente a uno de
los lados de la torre propiamente dicha.
Las "casas-torre" más sencillas son aquellas edificadas básicamente
en el siglo XVI y que presentan una estructura prismática cuadrangular
de menor elevación que las medievales pero de mayor perímetro y en
ocasiones están reforzadas con cubos cilíndricos en sus esquinas;
sirvan de ejemplo las de los Alvarado en Heras, de Riva-Herrera en
Gajano y de los Agüero en San Vicente de Toranzo.
Pertenecientes al siglo XVII pueden citarse como más representativas
las dos de Alceda, de las familias Bustamante Rueda y Ruiz Bustamante,
y una en Iruz -llamada de "la Cagiga"- en el valle de Toranzo, de
la familia Quevedo.
En el siglo XVIII dos son los casos más destacables: el palacio de
Alvarado en Adal y el palacio de Elsedo en Pámanes.
En cualquier caso, puede afirmarse que una gran mayoría de las casonas
o palacios construidos durante el periodo barroco tienen como origen
una primigenia torre solariega o una intención de apropiación formal
de sus características simbólicas más arraigadas en la tradición histórica.
Tal ocurre con los palacios de Donadío en Selaya y el de Soñanes en
Villacarriedo, erigidos respetando restos de una antigua torre y cuya
existencia queda marcada al realzarse su cuerpo por encima del resto
de la construcción.
Del mismo modo, a comienzos del siglo XIX, los arquitectos más prestigiosos
e innovadores de nuestra región, estudiosos de la arquitectura local,
e iniciadores del "estilo montañés", siguen considerando la torre
como un elemento primordial que proporcionará un carácter más noble
a la casa montañesa.
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